miércoles, noviembre 16

La historia del lobo y de su hermoso Wasabi blanco y saltarín.

En una tierra muy, muy lejana hubo una vez un lobo furioso que nunca se saciaba del sabor de la sangre, amaba el tibio aroma y espeso paladar de la carne fresca, y simplemente mataba por placer.
Cada noche corría por las montañas, sin reparar en la nieve y el hielo que le cortaban los cojinetes de sus patas, acechando siempre, constantemente buscando una presa más grande que la anterior.
Necesitaba ese sabor en el hocico, esa mezcla entre sal y cloro, ese espesor que se volvía crujiente cada vez que masticaba la carne humeante de su presa, y era el mejor. Cada cazador de su bosque lo admiraba, sabían que era bueno rastreando y escogiendo sus presas, algunos lo envidiaban, pues se atrevía a ir donde ningún otro lobo había ido jamás, su imagen era legendaria y temida.

Esa era su vida, era su meta, lo que él creía era su misión fundamental. Noche a noche sólo cazar y saciar su apetito voraz, para volver cada mañana a su soledad, a su frío refugio entre las rocas frías.
Procuraba siempre volver cansado, ya sin fuerzas, sólo a dormir para amortiguar su ebriedad de sangre, sin tener que pensar en nada. Sin embargo, a pesar de tener la vida que cualquiera hubiera soñado, había algo que no terminaba de obtener, se había acostumbrado a estar en permanente acecho, siempre puliendo sus habilidades de cazador y siempre destrozando las vísceras de su presa, no se sentía egoísta, no era eso, pues se repetía a sí mismo "Ellos esperan que haga algo así", o al menos eso creía. Comenzó a sentirse aburrido, todo se volvía predecible, el comportamiento de sus pequeñas víctimas, las actitudes correctas y precisas del cazador, la ceremonia de la entrega de la carne, ya nada era lo mismo que cuando comenzó. Cada vez contemplaba a sus presas sangrantes con más desgano, se volvía mecánico todo, ¿Dónde estaba el placer de sentirse poderoso y valiente? Se volvía todo demasiado fácil. “La vida de un lobo no debería ser tan aburrida, tan vacía”, se repetía cada amanecer azul cuando volvía a su triste soledad.
Comenzó a descuidarse, dejó que el tiempo pasara, ya no era la leyenda que una vez fue. Hasta los cachorros imberbes solían reírse de él, sin recibir castigo más que una mirada indiferente, dejó de salir de su cueva y sólo observaba, miraba las gotas de rocío al amanecer, el calor del mediodía y las penumbras de la noche sin reaccionar.
Una de esas noches laxas, en su habitual recorrido por las estepas, vio un grácil conejo blanco que saltaba en un claro del bosque, se acercó sigiloso, en su rutina de cazador, sintió pena por la pequeña y frágil criatura, ya casi podía sentir la textura de su carne desgarrarse en sus fauces negras. Se disponía a saltar sobre ella, cuando de pronto el pequeño y saltarín conejito blanco volvió la mirada a su cazador, y con una dulzura jamás antes vista por el lobo, le sonrió y le dijo “Hola, soy un Wasabi”, el lobo, confundido ante tal criatura y profundamente conmovido por la ternura de este noble ser, se desarmó en movimiento y entre balbuceos y por primera vez sonriendo, le respondió “Hola, soy un Blues”.


Ese fue el comienzo de algo completamente nuevo para él, hablaron largamente de muchas cosas simples y maravillosas, de la belleza del rocío en los verdes brotes, de las estrellas luminosas que a veces se dejaban ver, de las perezosas nubes y del sagrado vientosur que los había reunido. Sin darse cuenta, habían pasado la noche entera hablando, el lobo se descubrió a si mismo encantado de entablar semejante conexión con alguien, por lo que procuró volver a verlo la noche siguiente. Cuando el conejito volvió a casa, le contó a su mamá conejita lo que había pasado, ella muy asustada le señaló que no debía arriesgarse así, que era peligroso y que le costaba mucho entender como un hijo suyo podía correr tales riesgos. La mamá coneja no era mala, sólo estaba preocupada por su conejito, pues desde pequeño había tenido que cuidarlo a él y a su pequeña hermana coneja. Los mantenía solita, trabajando en un tronco del bosque donde se entregaban raíces medicinales a los habitantes enfermos, sus piecitos estaban gastados de tanto ir y venir, y a pesar de que siempre volvía a su nido muy cansada, siempre se dedicaba a mantener limpio todo para sus dos conejitos. Wasabi entendió que su mamá coneja estaba preocupada, por lo que lo conversó con el lobo cuando se encontraron, y curiosamente, contra todo lo que había sido su vida hasta entonces, el lobo decidió hacer algo por alguien más que no fuera él. Se presentó en la casita de los conejitos, y pidió conversar a solas con la mamá conejita, la tranquilizó y le expresó lo mucho que quería a su hijo conejito, se comportó lo mejor que pudo e incluso aceptó comer junto a ellos, pero por mucho que se esforzaba no podía evitar que de cuando en cuando su carácter de lobo y su boca de lobo hicieran comentarios que complicaban un poco. Aún así fue aceptado, y la mamá conejita confió en el lobo, y siempre lo invitaba a participar de las fiestas conejas con la familia.
Las noches de ambos personajes transcurrían en armonía, eran felices juntos y hacían muchas cosas que para el lobo eran completamente nuevas y frescas, un par de veces el lobo acompañó a su Wasabi a unas fiestas con sus amigos, pero por mucho que lo intentó no podía encajar bien… los amigos de Wasabi eran demasiado diferentes a él, el lobo sufría por esto, se esforzaba e intentaba ser algo que nunca había sido antes por nadie, intentaba hacer que Wasabi estuviera feliz. Acompañaba a Wasabi a los carnavales ecológicos de los que era parte, participando y preguntando muchas cosas, sonriendo y comiendo junto a su conejito, que cada vez se volvía más necesario para él, sin que el lobo lo notara.

Un día, llegó al pueblo un perro desde la lejana playa costera, este animal era notablemente inteligente, su nombre era Mico, y tenía ciertos parecidos al lobo, pero no podía serlo. Wasabi se sintió deslumbrado con el nuevo habitante, empezó a frecuentarlo a diario, y el lobo que veía todo esto, sintió pánico. Por primera vez estaba enamorado y sentía que su conejito no lo notaba, que podía perder a su blanco y saltarín Wasabi. Decidió aislarse, irse por un rato, volver a encerrase en sí mismo, maldiciendo a la creación, volvió a cazar y devoró a una presa que no le satisfizo del todo, pues no podía evitar recordar la dulce sonrisa de su conejito, y esto le provocaba dolor.

Nuevamente decidió ir por su Wasabi, y lo encontró feliz, jugando en los prados, cuando le contó lo que había pasado, el conejito rió y le dijo “No seas tonto, mi lobito, es sólo un buen amigo, tú eres mi lobo”, el lobo se sintió dichoso y una vez más dejó que el amor iluminara su corazoncito triste. Fueron felices por largo tiempo, a pesar de que tenían diferencias como toda pareja, más aún acrecentada por la naturaleza individual de cada uno, los demás habitantes del verde bosque comentaban que tal relación no podía ser real, que en algún momento el lobo volvería a ser lo que era, y que el conejito terminaría en las fauces oscuras del lobo. Pero ellos no sabían que el lobo había cambiado, eran incapaces de entender que alguien que había sido una bestia egoísta fuera capaz de volverse bueno por amor.
La vida de la parejita se complicó, en parte por el mal carácter del lobo y por la inexperiencia del conejito, ambos comenzaron a guardarse cosas, a acumular resentimientos, no se hablaban como antes, el lobo sintió estos cambios en su dulce wasabi, y se lo hizo presente, pero el pequeño conejito no podía decir nada, sólo sentía pena y no sabía por que, necesitaba tiempo, dijo. El lobo decidió retirarse un poco, dejar al conejito en paz y permitirle crecer, semejante acto de generosidad era muy extraño, pero creyó que era correcto. El pequeño conejito se dedicó a hacer muchas cosas, tenía mil actividades para poder estar bien, salía con sus amigos y hacía ejercicios para oxigenarse, sus amigos lo apoyaban, aún contra su propia naturaleza.
-“Aléjate de ese lobo, él no te merece y necesitas cambiar, él debe entender que creciste y las relaciones no son de uno”, le decía el búho Echenique, quien tenía a su pareja, un oso grande, desaseado y gordo que vivía alejado del bosque.
-“Ese lobo no ha cambiado, ni lo hará, te hará daño, debes velar por ti”, le decía la ardilla rockerita, quien se decía amiga del lobo.
-“Necesitas un cambio”, le decía el oportunista perro Mico, que siempre había querido ocupar el lugar del lobo.

Todos esos consejos hicieron que el conejito se confundiera, que comenzara a utilizar la cabeza más de lo usual, que confundiera racionalización con emociones. Había olvidado que lo fundamental era lo que su pequeño corazón de conejito sentía, lo que le dictaba su pecho cuando veía al lobito, cuando lo besaba y sentía su olor, lo feliz que era al despertar junto a él, para llenarlo de besos y caricias que alimentaban el triste corazón de lobo.
Cuando el lobo volvió, buscó a su Wasabi, pero éste se mostraba extraño, lejano y frío. “Este no es el Wasabi que Yo conocí”, se decía. Más allá de los cambios que se producen naturalmente en los animalitos del verde bosque, esto era diferente. Había algo más. El lobo pensó que quizás había alguien más presente en la vida de su pequeño conejito, y esto lo torturaba. Comenzó a sentir aquel viejo resabio de dolor punzante en su pecho, ese dolor que se había desbanecido gracias a su tierna sonrisa. El tiempo hizo lo suyo, y entendió que su pequeño conejito blanco y hermoso había cambiado, ya no era el mismo tímido y sonriente Wasabi que amaba el rocío, ahora era algo más, era un conejo grande y buscaba su propio camino.
El lobo pensaba en lo triste que es la vida de una bestia, lo injusto del destino, en lo mucho que había cambiado desde que conoció a su Wasabi, en lo amable que se había vuelto con las demás criaturas, en las sonrisas que venían a su mente cuando recordaba a su conejito, el lo amoroso y tierno que se había descubierto, en lo mucho que extrañaba apoyar su enorme cabeza en el pequeño pecho de su conejito. Entendió que era tiempo de irse, que debía crecer como el mismo conejito lo había hecho, que había sido lindo, pero tenía un final… al menos en esta etapa. Corrió veloz, como nunca antes, dejando atrás las estepas con sus presas fáciles, corriendo por sobre afiladas piedras que herían sus patas, buscó las alturas de la montaña, subió hasta el risco más alto, y asomó su negra figura una vez más, miró al cielo tapado de nubes grises, y el sagrado vientosur lo despejó para él, dejando ver al hermoso astro luminoso que fue testigo de las noches del lobo y su Wasabi, mientras las lágrimas herían sus ojos, juntó el aire y declaró en un profundo y sentido aullido, su amor por su conejito.

Emprendió su camino, ya no era la bestia negra a la que todos temían, decidió buscar buenos amigos, en quienes realmente pudiera confiar y en quienes apoyarse y crecer, y una vez hecho esto se prometió volver, se prometió buscar una vez más a su Wasabi, se prometió cuidarlo, aún desde la lejanía, por la eternidad de la vida del lobo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

no tiene la opción de aburrido.

Anónimo dijo...

... Igual yo cacho que el comentario de arriba es de Mico el perro xD

Anónimo dijo...

lo que resiste un papel...

Anónimo dijo...

la wea fome y penosa.. no has cambiado rorro JAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJA JAJAJAJAJAJAJA